Sí, yo siento miedo en mi país y quiero que eso cambie. Sí, me atemoriza la presencia de un agente de Amet (¿tal vez por las fotos que vi de uno de ellos corriendo pistola en mano? ¿O por las historias de atropellos?). Sí, me daría miedo que una patrulla de la polícia me manda a detenerme en un lugar oscuro.
Sí, evito caminar sola, aunque sea un par de cuadras, porque no quisiera que me atracaran, que me amenazaran, que me gritaran obscenidades, que me atropellara un vehículo, que el ruido (que es violencia) me ensordeciera.
El país que quiero, mi país, ya no es el lugar seguro y tranquilo del que tanto presumíamos.
Ya no es excusa ante las carencias y la falta de institucionalidad el que “por lo menos” aquí puede uno sentarse en la calle, compartir con el vecino, en paz.
El espejismo de la seguridad ciudadana comenzó a desvanecerse hace rato.
Recuerdo, cuando era reportera de la revista Rumbo, los trabajos sobre la violencia policial en el mandato de Pedro de Jesús Candelier. Alicia Ortega, en El Informe, acaba de refrescarnos la memoria: 750 muertos en manos policiales en casi tres años. Una muerte cada día y medio. Ese fúnebre récord ha sido superado por la jefatura de Rafael Guillermo Guzmán Fermín y, según el citado reportaje, 1,166 muertes a razón de una cada 18 horas en promedio, han sido provocadas por policías en los dos años y ocho meses que lleva esta administración policial.
Unas 3,226 personas han caído abatidas por el gatillo uniformado en los últimos 10 años, en promedio casi 10 veces más muertes que las que causa el dengue.
Desde la entrada del narcotráfico por la puerta grande y hasta cada rinconcito de nuestra tierra, las cosas no serán jamás iguales, pero quiero creer que podemos lograr que mejoren.
En las urnas, en las calles, en la casa, con nuestra actitud ciudadana podemos comenzar a cambiar las cosas. Es urgente.